La tiranía del catálogo infinito: por qué cuesta tanto elegir qué ver
Seguro que te resulta familiar: es viernes por la noche, tienes por delante un par de horas libres y decides buscar algo para ver. Enciendes el televisor, abres tu plataforma de streaming favorita y comienzas a navegar. Pasan los minutos, pasas de una categoría a otra, lees resúmenes rápidos, miras trailers de tres segundos que se reproducen automáticamente y, cuando te quieres dar cuenta, ha transcurrido media hora sin que hayas elegido nada. Esta experiencia, que antes de la era digital era impensable cuando dependíamos de la programación lineal o del stock limitado de un videoclub de barrio, se ha convertido en una de las dinámicas más comunes de nuestro tiempo libre.
Este fenómeno suele denominarse fatiga de decisión y se basa en un principio psicológico muy estudiado: cuando las opciones de elección se multiplican de forma exponencial, la libertad de elegir se transforma en una carga emocional. En lugar de sentirnos afortunados por tener miles de series y películas al alcance de un botón, nos invade el miedo a equivocarnos de elección y malgastar nuestro escaso tiempo de ocio. La abundancia genera ansiedad y una extraña parálisis que nos empuja, en muchos casos, a terminar viendo por décima vez ese episodio de la comedia clásica que ya nos sabemos de memoria simplemente para evitar el esfuerzo mental de decidir.
Las plataformas digitales intentan paliar esta situación mediante sofisticados sistemas de recomendación que analizan cada uno de nuestros movimientos, pero este remedio a veces agrava la situación. Al encasillarnos en algoritmos basados en nuestros consumos anteriores, la oferta se vuelve predecible o, peor aún, excesivamente homogénea. Perdemos así la bonita capacidad de descubrir cosas por azar, de tropezar con una joya oculta que no encaja en nuestras etiquetas habituales pero que resulta ser una revelación. El menú personalizado elimina la fricción, pero también elimina la sorpresa.
Ante este panorama, se observa una tímida pero firme tendencia hacia la simplificación voluntaria. Cada vez son más las personas que buscan activamente escapar de la tiranía del catálogo infinito recurriendo a curadores humanos, revistas especializadas, recomendaciones de amigos o incluso canales que recuperan la experiencia de la televisión tradicional, donde la programación está decidida de antemano y el espectador solo tiene que dejarse llevar. Hay un valor reconfortante en delegar la decisión y volver a ser meros receptores de historias.
Recuperar el placer del entretenimiento audiovisual pasa, tal vez, por cambiar nuestra relación con la pantalla. Aprender a apagar el piloto automático del scroll infinito y aceptar que no pasa nada si la película elegida no es una obra maestra es el primer paso para reconciliarnos con el ocio doméstico. Al final, el valor de una buena historia no reside en la cantidad de alternativas que dejamos de ver para llegar a ella, sino en el tiempo de calidad que decidimos dedicarle con la mente verdaderamente presente.
