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El valor invisible del trabajo no remunerado
Economía

El valor invisible del trabajo no remunerado

El trabajo que no recibe una remuneración directa forma parte invisible de la vida diaria. Desde cuidar a los hijos, preparar alimentos, mantener el hogar o ayudar a un vecino, estas actividades se realizan sin que aparezca en las nóminas ni en el producto interior bruto. Aunque no generen un ingreso monetario, su realización permite que otras esferas de la economía funcionen.

Sin ese trabajo de sostén, los empleos remunerados serían mucho más difíciles de ejercer. La posibilidad de salir al mercado laboral depende de que alguien se encargue de la alimentación, la limpieza y el cuidado de quienes dependen del ingreso. En muchas familias, la división de estas tareas permite que uno de los miembros se dedique a una actividad productiva mientras otro asegura las condiciones básicas del hogar.

Históricamente, la carga de estas labores ha recaído desproporcionadamente en las mujeres, aunque los patrones están cambiando. Las expectativas culturales y las normas sociales siguen orientando quién asume qué rol dentro del hogar, lo que repercute en la disponibilidad de tiempo para estudiar, capacitarse o emprender. Reconocer esta disparidad es el primer paso para pensar en arreglos más equitativos.

Algunas propuestas de política pública intentan darle visibilidad a este trabajo, ya sea mediante créditos fiscales, licencias compartidas o sistemas de tiempo que permiten intercambiar horas de ayuda sin pasar por el mercado. Estas iniciativas no pretenden pagar una cifra específica, sino reconocer que el esfuerzo dedicado a la reproducción social tiene un valor que merece ser considerado en la toma de decisiones colectivas.

Reintegrar el trabajo no remunerado en la conversación económica nos invita a ampliar la noción de productividad. En lugar de medir el progreso solo por lo que se compra y vende, podemos valorar lo que sostiene la vida cotidiana y la cohesión comunitaria. Ese cambio de perspectiva abre la puerta a políticas más sensibles a las necesidades reales de las personas y a una economía que reconozca todas sus formas de aporte.

Mirar hacia adelante implica incluir el trabajo no remunerado en los indicadores de bienestar, además del PIB. Cuando las encuestas de tiempo usan diarios de actividades, se revela cuánto se invierte en cuidados y en labores domésticas. Esa información puede orientar la diseño de horarios escolares, de jornadas laborales flexibles y de servicios de apoyo comunitario. Al darle un lugar en la agenda pública, se facilita que las decisiones sobre inversión en infraestructura o en servicios de cuidado tengan en cuenta el tiempo que las personas ya aportan de manera gratuita. Así, la economía deja de ser solo un intercambio de mercancías y pasa a reconocer también el intercambio de cuidados y de tiempo como eje central del desarrollo humano.

Este enfoque más amplio nos permite imaginar sociedades donde el bienestar se mide también por la calidad de las relaciones de cuidado.

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